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Enrique Serrano

Universidad de Zaragoza

Reconozco que no es nada original empezar este tema diciendo que “el niño no es un hombre pequeño”, pero es que es del todo cierto. Las proporciones corporales del niño y sus respuestas fisiológicas al ejercicio físico distan de ser iguales a las del adulto, y no sólo eso, no todos los niños tienen el mismo grado de maduración física, ni realizan la misma cantidad de actividad física (sólo un 55 % de los niños y adolescentes son activos o moderadamente activos), ni tienen tampoco la misma capacidad para el deporte. Por todo esto, las respuestas y adaptaciones que los niños presentan cuando hacen ejercicio físico pueden ser muy diferentes.

Desde el nacimiento hasta la completa madurez, el niño pasa por diferentes etapas (lactante, niñez, adolescencia) en las que los sucesivos cambios y transformaciones no siempre ocurren al mismo ritmo. Estas etapas del proceso de crecimiento y desarrollo del individuo conllevan cambios y transformaciones de naturaleza morfológica, fisiológica, bioquímica y de comportamiento.

Durante la infancia y adolescencia, no todas las estructuras, órganos y tejidos crecen al mismo ritmo, ni de manera simultánea. El sistema nervioso, por ejemplo, muestra un período de crecimiento rápido durante los cinco primeros años de vida, pero sigue madurando hasta los dieciocho años aproximadamente, esto explica el porqué los niños van consiguiendo, con el paso del tiempo, realizar movimientos de mayor dificultad coordinativa. Al igual, los individuos que desarrollan enfermedades degenerativas del sistema nervioso van perdiendo su capacidad de coordinación motora. Según la mayoría de los autores, el período ideal para aprender las habilidades deportivas (aprendizaje motor), es el comprendido entre los ocho y los doce años, que es cuando comúnmente se inician los niños en las escuelas deportivas.

La evolución y la maduración de los huesos comienza en la etapa intrauterina o prenatal y se prolonga hasta la edad adulta. Los huesos del niño en período de crecimiento tienen unos centros de osificación visibles radiológicamente, que nos van a servir para valorar el grado de maduración esquelética en el desarrollo del niño. El grado de maduración ósea es uno de los índices que mejor expresa el grado de madurez global del niño. En general la talla del adulto es tres veces y medio la del nacimiento y su evolución sigue una curva general de deceleración creciente, excepto en el momento de la pubertad, fenómeno que sucede unos dos años antes en las chicas. El crecimiento se detiene aproximadamente hacia los quince años y medio en las chicas y a los diecisiete y medio en los chicos. La previsión de la talla de un niño puede ser necesaria, sobre todo pensando en la orientación deportiva, y se puede hacer de forma bastante precisa teniendo en cuenta la talla actual, la edad biológica y la edad cronológica.

Sabemos que la dedicación al entrenamiento de la natación, de la carrera a pie y de otros deportes por parte de niños y jóvenes es muy grande. Esta dedicación deportiva, alta en intensidad y duración, y en estas edades tempranas pueden causar lesiones deportivas por sobrecarga. En el ochenta por ciento de los casos, la mayoría de las lesiones de este tipo se dan en sujetos que han adoptado recientemente una determinada práctica deportiva, o bien han incrementado notablemente la intensidad de los entrenamientos sin llevar a cabo una adecuada progresión en el incremento de las cargas. Las lesiones de los huesos inmaduros de los niños pueden afectar al crecimiento y al desarrollo óseo. Nuestra mayor preocupación será la de sufrir una lesión del cartílago de crecimiento. Una fractura ósea que afecte al cartílago de crecimiento puede alterar al aporte sanguíneo del hueso y consecuentemente afectar al proceso de crecimiento. Afortunadamente este tipo de lesiones son raras y casi nunca se producen durante la práctica deportiva.

La masa muscular corporal aumenta de forma constante en relación al aumento de peso del joven. En el momento del nacimiento nuestra masa muscular supone un veinticinco por ciento de nuestro peso corporal total, mientras que en el adulto el peso muscular alcanza el cuarenta por ciento aproximadamente. La mayor parte de esta ganancia muscular tiene lugar durante la pubertad. Las niñas no experimentan una aceleración tan rápida del crecimiento muscular durante la pubertad, pero su masa muscular continua incrementándose aunque mucho más lentamente que en los niños. La masa muscular llega a su máximo nivel cuando las mujeres tienen entre dieciséis y veinte años, mientras que los hombres la alcanzan entre los dieciocho y los veinticinco años.

Pocos son los estudios que tratan de la adaptación de los individuos jóvenes al ejercicio físico prolongado o de resistencia aeróbica, así como de los cambios metabólicos y hormonales que lo acompañan. El ejercicio continuo prolongado es una actividad “atípica” para niños y adolescentes, pero con frecuencia se emplea en el entrenamiento de algunos deportes. La resistencia, considerada una de las cualidades físicas fundamentales para la actividad física, se desarrolla de forma paralela con el desarrollo de la aptitud aeróbica del niño. Según diversos estudios, no se puede encontrar un impedimento biológico claro para que el niño no realice ejercicios de resistencia. Durante la etapa prepuberal el niño ya presenta una buena capacidad de resistencia, pero no se debe recomendar un entrenamiento de resistencia especializado como un entrenamiento ampliamente beneficioso para los niños. Los sistemas esquelético y articular, podrían dañarse si abusamos del entrenamiento de resistencia en niños.

Los niños muestran preferencia por ejercicios de corta duración. Esta predilección por los esfuerzos de corta duración, radica probablemente en la esfera psicológica, ya que encuentran a los ejercicios continuos prolongados algo monótonos y aburridos.

Las posibilidades que tienen los niños para realizar tareas de alta exigencia física son notablemente inferiores a las que muestra el adulto. No obstante si relacionamos la potencia que el niño es capaz de desarrollar con su peso corporal observamos que estas diferencias no son tan manifiestas y evidentes, lo que sugiere una estrecha relación con el peso corporal y sobre todo con el peso muscular. Otros factores, como son las variaciones hormonales y características bioquímicas de los músculos o la progresiva activación neural que tienen lugar durante el crecimiento, están relacionados con la capacidad del niño para soportar y realizar ejercicios de alta intensidad o de carácter anaeróbico. Aunque casi todas las hormonas tienen alguna influencia, directa o indirecta, sobre el crecimiento, sin duda desempeña un papel destacado la denominada somatotropina u hormona del crecimiento (GH). La acción de la GH puede ser directa sobre los tejidos diana o a través de sustancias mediadoras, como los factores de crecimiento de tipo insulínico (IGF) o somatomedinas.Un buen ejemplo de estos últimos es el IGF-1, esencial para la proliferación de células cartilaginosas en las placas epifisarias de crecimiento. Además de su acción directa en el control de los fenómenos de crecimiento, la GH es responsable de otros importantes procesos metabólicos: estimula la síntesis de proteínas, disminuye el índice de utilización de glucosa como sustrato energético y, al mismo tiempo, facilita la movilización de las reservas de grasas.

Es importante para el desarrollo óptimo de todos los niños mantener un nivel suficiente de actividad física; el niño, inconscientemente, determinará la forma, intensidad y duración de esta. Entrenar de forma selectiva o predominantemente una determinada función puede ser contraproducente durante el primer año de vida deportiva. Con el crecimiento y ya durante la adolescencia la sobrecarga específica empieza a ser posible.

Decíamos al principio que los niños no son meramente adultos en miniatura. El deportista joven es fisiológicamente distinto al adulto y debemos considerarlo de forma diferente. No obstante y a pesar de estas diferencias el niño presenta una excelente adaptabilidad general al entrenamiento físico. El niño, generalmente, se adapta bien al mismo tipo de rutina de entrenamiento usada por el deportista adulto, aunque los programas de entrenamiento deberemos diseñarlos teniendo presentes los factores de desarrollo asociados a la edad.
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