Daniel Lapresa y Javier Arana
El exceso de implicación o el total desinterés de los padres en la actividad deportiva de su hijo (comentados ambos casos en el artículo de la semana pasada) es la queja más reiterada que los entrenadores realizan sobre el comportamiento de los padres. De esta forma podemos marcar dos extremos comportamentales. Un polo lo configuran los “padres exageradamente implicados” y el polo contrario los “padres despreocupados”. Cada polo produce efectos distintos, pero ambos son negativos:
- Los padres excesivamente involucrados en la práctica deportiva de sus hijos llegan, en ocasiones, a usurpar el puesto del entrenador. ¿Qué no? ¿Qué no es para tanto? Fíjate en ese padre que da instrucciones constantes desde la banda a su hijo. ¿Qué ocurre en este ejemplo? El padre está impidiendo que su hijo descubra por sí mismo cómo hacer frente a la situación deportiva determinada que se le presenta. Le está limitando, presentándole la solución, el poder resolver por sí mismo el problema. Y ¡ojo!, esta solución puede ser contraria a la instrucción que le aporta el entrenador. Conflicto, contradicción. Al niño se le plantea un dilema: tener que elegir entre una orden u otra. Obligatoriamente tiene que desobedecer a alguien, con lo que el estrés ante dicha elección está asegurado.
Si esta circunstancia es habitual y las dos personas son significativas -importantes para el joven deportista- el estrés irá en aumento. Lo más probable es que el niño abandone el deporte. Lo que creía una diversión se ha transformado en experiencia negativa. Ya no disfruta “haciendo deporte”, ya no juega. ¿Fracaso del ni–o o de los adultos implicados?
- En el otro extremo tenemos a los padres desinteresados. Algunos entrenadores familiarizados con el anterior epígrafe darán saltos de alegría ante esta actitud que manifiestan otros progenitores. Pero de cara a la formación de los niños las consecuencias de este comportamiento deficitario son igualmente perjudiciales. ¿Qué por qué es perjudicial esta falta de implicación? Como ya hemos dejado claro, en edades tempranas hay que entender el deporte como un instrumento educativo, como un entorno que facilita el desarrollo físico, psicológico y social del joven. Pero el entorno no lo es todo. En el entorno hacen faltan los responsables en la educación del niño. Si la actividad deportiva interesa al hijo y el hijo interesa a sus padres, el deporte de su hijo también interesará a los padres. Es lo mismo que si usted sube con un desconocido en el ascensor hasta la planta 11 de una casa. Como no se conocen no hay temas en común. Sus miradas se evitan y se centran en las luces que anuncian el piso por donde pasa el ascensor. Como mucho, a la espera de llegar al destino, hablarían del tiempo. Si no nos interesamos por los temas relevantes para nuestros hijos potenciaremos la incomunicación. Tendríamos que estar hablando con ellos a través de los años sobre metereología. Demasiado tiempo para hablar del tiempo, ¿no creen?
Ahora bien, toda vez delimitados estos dos polos comportamentales extremos, hemos de precisar que la mayoría de los padres realizan una contribución positiva en la iniciación deportiva de sus hijos: ayudan a elegir el deporte, acompañan a las competiciones, muestran interés por la mejora física, procedimiental y comportamental de sus hijos, etc. Pero no sobran unas recomendaciones generales a partir de Gordillo, A.:
- Aceptar el papel del entrenador: los padres no han de sustituir al entrenador ni han de interferir en su trabajo, aunque conozcan el deporte. Es importante que el entrenador tenga la confianza de los padres.
- Aceptar los éxitos y fracasos de los hijos: algunos padres se muestran competitivos cuando sus hijos destacan en una prueba; otros se muestran avergonzados después de una derrota. Lo importante es que se preocupen de que sus hijos disfruten y mejoren. Eso les ayudará a formar deportistas orientados a la mejora controlable de su propio rendimiento.
- Mostrar una dedicación e intereses adecuados: evitar los extremos. Ni implicarse demasiado ni ignorar. Los padres se deben esforzar por presenciar la participación deportiva de su hijo, sin prometer más tiempo del que pueden conceder.
- Ayudar a que sus hijos tomen sus propias decisiones: hacer sugerencias. Pero intentar que los chicos progresivamente desarrollen su propio criterio, corran sus riesgos, elijan su itinerario deportivo, etc.
- Ser un modelo de autocontrol para el hijo: los niños tienden a imitar la conducta de los adultos -por que los adultos son referentes para los niños-. Si un adulto pierde el autocontrol con los adversarios, con los compañeros o con los árbitros la tarea del entrenador para enseñar y exigir deportividad a sus jugadores resultará mucho más complicada.
Parece que sin padres es mejor. Pero ya hemos visto que esa no es la solución. La educación es cosa de todos. Los problemas presentados en este artículo pueden aliviarse si, en lugar de quejarnos los unos de los otros, decidimos mejorar nuestra relación con el resto de los agentes implicados en el proceso de formación deportiva de nuestros hijos.
En otras palabras, las líneas de comunicación entre padres y entrenadores -coordinadores, directivos, etc.-, han de estar abiertas, han de ser fluidas. Una forma de mejorar la comunicación entre ellos es por medio de reuniones. Las reuniones han de formar parte de las actividades de un equipo.
Pero no olvidemos que para el deporte de ser padres hay que entrenarse cada día.